Un incendio consumió las instalaciones de un proyecto educativo en el corregimiento de Montebello, en Cali. Entre las pérdidas, maquinaria, cultivos y años de trabajo con comunidades rurales. Pero detrás de la tragedia hay una apuesta más profunda: un modelo de bioeconomía comunitaria que integra cáñamo, guadua, plátano y Sacha Inchi para construir paz desde los territorios.
Santiago de Cali, 3 de agosto de 2026.- La semana pasada, las imágenes de un incendio que consumió una de las edificaciones del antiguo Colegio Las Aguas, en el corregimiento de Montebello, al sur de Cali, recorrieron las redes sociales.
El edificio de tres pisos, conocido como «el paraíso del bambú» por estar construido en guadua y materiales sostenibles, fue consumido por las llamas junto con maquinaria, equipos tecnológicos, instrumentos de arte y cultura, cultivos experimentales y elementos de trabajo de la Fundación Escuela para la Vida y el Colectivo Las Aguas, las organizaciones que lideraban el proyecto educativo.
No hubo pérdidas humanas, pero el golpe fue duro. Detrás de ese espacio, sin embargo, hay una historia de diez años de trabajo silencioso que el fuego no pudo destruir: la convicción de que la educación también ocurre fuera del aula, y de que la paz se construye sembrando, tejiendo y compartiendo saberes.
Una década sembrando lo que el fuego no puede destruir
Desde febrero de 2026, la Fundación Educando en el Posconflicto, FEPC, liderada por Fernando Correa, se unió a los esfuerzos de recuperación y reactivación de este territorio al servicio de las comunidades de Cali y sus veredas circundantes. Correa, un hombre que lleva una década acompañando a niños, jóvenes y familias en el suroccidente del Valle del Cauca, no se dedica únicamente a organizar talleres o ejecutar proyectos. Su labor consiste en ayudar a que las personas vuelvan a confiar en sí mismas, en sus territorios, sus culturas y tradiciones, y descubran que el desarrollo y la paz pueden construirse desde el conocimiento, en armonía con la naturaleza y el trabajo colectivo.
Los programas de la FEPC parten de una idea sencilla pero poderosa: aprender también puede ocurrir sembrando una huerta, construyendo con tierra y fibras vegetales, recuperando un sendero o compartiendo los saberes de los mayores. De esa visión nació en 2021 el programa juvenil Consejeritos de Paz, una iniciativa que forma niños y jóvenes en liderazgo, convivencia y cuidado del entorno. Allí aprenden que proteger el agua, respetar la familia y la diferencia, y trabajar en equipo no son solo valores, sino decisiones que fortalecen cualquier comunidad.
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Del aula al campo, la bioeconomía comunitaria como puerta a la autonomía
Con el tiempo, la fundación entendió que la educación también necesita abrir puertas hacia la autonomía económica. Por eso comenzó a impulsar el fortalecimiento de proyectos productivos de investigación y desarrollo, junto a organizaciones campesinas, indígenas y populares, con el acompañamiento del Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA, y diversas universidades de la región.
El resultado es un modelo de Bioeconomía Comunitaria que busca agregar valor a lo que nace de los territorios, construir paz y generar desarrollo desde las bases. Este modelo no se limita a la producción agrícola tradicional: explora el desarrollo de empaques ecológicos y biomateriales de construcción a partir de fibras vegetales de cáñamo, cannabis, guadua, plátano y residuos agroindustriales.
El cáñamo como eje de la reconstrucción
Entre los cultivos que el incendio amenazó con interrumpir, el cáñamo industrial ocupa un lugar central en la visión de la fundación. Junto con la guadua, el plátano, la quinua y el sacha inchi, el cáñamo forma parte de un sistema productivo integrado que busca desarrollar dos líneas de innovación paralelas:
- Alimentos de alto valor nutricional: Combinaciones que fortalezcan la seguridad alimentaria de las comunidades rurales del Cauca y el Valle del Cauca.
- Biomateriales para construcción sostenible: Viviendas dignas, seguras y de bajo impacto ambiental, fabricadas con fibras vegetales locales.
El cáñamo, en particular, ofrece ventajas únicas para este modelo: ciclos de cultivo rápidos (aproximadamente 120 días), alta producción de biomasa, múltiples aplicaciones industriales y una capacidad excepcional para integrarse en procesos de economía circular. Como ha documentado la investigación de AgriFutures Australia sobre el uso del cáñamo en sistemas productivos, esta planta puede convertirse en un catalizador de desarrollo territorial cuando se articula con conocimiento local y cadenas de valor comunitarias.
Para los territorios del suroccidente del Valle y el norte del Cauca, históricamente marcados por el conflicto, la pobreza rural y la presencia de economías ilícitas, el cáñamo representa una alternativa concreta: una planta que puede generar valor sin destruir el tejido social, que puede integrarse a sistemas alimentarios y de construcción, y que puede ofrecer a los jóvenes rurales una opción de vida distinta a la de la migración forzada o la vinculación a redes ilegales.
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Los actores detrás de la reconstrucción
La red de actores que sostiene este proyecto es tan diversa como el territorio mismo:
- Fundación Educando en el Posconflicto, FEPC: Organización líder del proceso, articuladora de saberes, recursos y voluntades.
- Fernando Correa: Líder y fundador, con una década de trabajo continuo en el territorio.
- Fundación Escuela para la Vida: Fundadora del proyecto educativo original en el Colegio Las Aguas.
- Colectivo Las Aguas: Organización aliada que acompaña la gestión cultural y comunitaria del espacio.
- SENA: Acompañamiento técnico en formación y desarrollo de proyectos productivos.
- Universidades de la región: Aliadas en investigación y desarrollo de biomateriales.
- Organizaciones campesinas, indígenas y populares: Socias en la ejecución de los proyectos productivos.
Esta articulación multinivel —desde la base comunitaria hasta la academia— es precisamente lo que convierte al proyecto en un laboratorio vivo de bioeconomía comunitaria, y no en una simple iniciativa agrícola.
El llamado: las semillas invisibles necesitan aliados
Tras el incendio, la fundación enfrenta el reto de recuperar la maquinaria y equipos perdidos, y continuar un proyecto que une cáñamo, guadua, plátano, quinua y sacha inchi en una propuesta integral de paz territorial. Pero no pueden hacerlo solos.
«Las semillas más importantes no solo crecen bajo la tierra; también germinan cuando alguien decide creer en las personas que las siembran», afirma el comunicado de la fundación.
El llamado es explícito: empresas, universidades, instituciones públicas y entidades de cooperación que quieran convertirse en aliados de este proyecto pueden contactar a la FEPC a través de WhatsApp al +57 304 397 3724, o seguir su trabajo en Instagram @fundacion_fepc. También se pueden realizar aportes vía Nequi al número 304 397 3724.
La paz también se siembra
La historia de Montebello no es solo la crónica de un incendio. Es la prueba de que en Colombia, la paz no se construye únicamente en mesas de negociación en La Habana o en decretos firmados en Bogotá. Se construye también en las veredas, en los corregimientos, en los talleres donde un joven aprende a tejer fibras de cáñamo, en los campos donde una comunidad experimenta con biomateriales para construir sus propias casas.
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El modelo de la FEPC demuestra que la bioeconomía comunitaria no es un concepto abstracto de los informes de la FAO o la CEPAL. Es una práctica concreta, arraigada en los territorios, que puede transformar la vida de miles de familias cuando se articula con conocimiento, acompañamiento técnico y voluntad política.
Mientras el Estado colombiano sigue debatiendo cómo regular el cannabis y el cáñamo, proyectos como este demuestran que la planta ya está haciendo su trabajo: regenerando suelos, tejiendo comunidades y, sobre todo, sembrando las semillas invisibles de una paz que nadie podrá incendiar.